Torah Meirahתורה מאירה

Parashá · Noach

El arco en la nube

Cuando las aguas han bajado y el arca descansa vacía sobre el monte, Dios establece el primer pacto de la Torá y le da la primera señal. Cabría esperar que la señal fuese para nosotros, una marca, un rito, algo que guardar. En cambio, la Torá dice algo que debería inquietar a cualquiera que la lea despacio. «Cuando haga venir nubes sobre la tierra y se vea el arco en la nube, me acordaré de mi pacto.» Y vuelve a decirlo poco después: «Estará el arco en la nube, y lo veré para acordarme del pacto eterno.»

La primera señal de la Torá es una señal que Dios se da a Sí mismo.

Tres cosas resultan aquí extrañas, y cada una más que la anterior. La señal va dirigida a Dios, que no olvida. La señal es un arco, késhet, la misma palabra que designa el arma del arquero. Y la señal está ligada precisamente a la nube. Aparece justo cuando el cielo se oscurece y se junta la lluvia, es decir, en el instante exacto en que el mundo se acabó la última vez.

¿Para qué necesitaría un recordatorio Aquel que lo sabe todo? Y, si hacía falta uno, ¿por qué este?

Conviene recordar lo que se ha dicho unos versículos antes, mientras sube el humo de la ofrenda de Noé. «No volveré a maldecir la tierra por causa del hombre, porque el instinto del corazón humano es malo desde su juventud.» Son casi las mismas palabras con las que la Torá explicó por qué se envió el Diluvio. El mismo hecho, que los seres humanos son lo que son, fue razón para destruir y es ahora razón para contenerse. Nada ha cambiado en la humanidad. Lo que ha cambiado es la decisión sobre cómo afrontarla. Y una decisión tomada una sola vez, en la calma que sigue a la catástrofe, hay que sostenerla en el tiempo.

La lectura de Nahmánides empieza con una concesión sorprendente. El arcoíris, dice, es un fenómeno natural. Los filósofos tienen razón en que lo produce la luz del sol al dar sobre el aire húmedo, y un cuenco de agua dejado al sol mostrará los mismos colores. El versículo dice «he puesto mi arco», en pasado, y «mi arco», como algo que ya se poseía. Existía desde el principio. Dios no crea un objeto nuevo después del Diluvio, le da a uno antiguo, un significado nuevo.

¿Y qué convierte algo en señal? Nahmánides responde con Labán y Jacob, que tras su disputa amontonaron piedras en un monte y llamaron testigo al montón. Todo objeto visible que se pone ante dos partes para recordarles lo que se han jurado es una señal.

Luego está la forma. Nahmánides recoge una observación de otros comentaristas, que también aparece en el Jizkuni. El arco del cielo no apunta a la tierra y no tiene cuerda. Es la postura del guerrero que da la vuelta a su arma cuando quiere que se vea que pide la paz. El cielo ha colgado su arco.

Los Sabios van más lejos. En kashtí, mi arco, oyen un eco de kashé, duro, severo, el atributo de la justicia estricta. Y «cuando haga venir nubes sobre la tierra» se refiere, según explica Nahmánides esa enseñanza, a los tiempos en que Dios no deja brillar Su rostro sobre el mundo por lo que han hecho sus habitantes. En ese preciso momento aparece la justicia en la nube y, junto a ella, el recuerdo del pacto y la compasión por los pequeños de la tierra.

Rav Shimshon Refael Hirsch vio adónde conduce todo esto. Dios, escribe, no se conformó con proclamar Su palabra, sino que le dedicó un memorial. Y a partir de aquí la vida judía se llena de señales semejantes, las otot como la circuncisión, el Shabat o los tefilín, cuyo propósito es mantener presentes grandes verdades, sobre todo en épocas que de otro modo se echarían a perder.

Y el Netziv nos hace fijarnos en la bendición que instituyeron los Sabios para quien ve un arcoíris. Bendito el que recuerda el pacto, es fiel a Su pacto y cumple Su palabra. La señal puesta ante dos partes actúa sobre ambas. Dios la ve y recuerda. Nosotros la vemos y decimos que Él recuerda.

Volvamos a leer el versículo y fijémonos en su forma. «Cuando haga venir nubes sobre la tierra y aparezca el arco en la nube, entonces me acordaré.» Es una condicional, una situación con una respuesta atada a ella de antemano.

Desde hace más de tres décadas, el psicólogo Peter Gollwitzer, de la Universidad de Nueva York, estudia exactamente esta estructura. Parte de un problema que todos conocemos, la distancia entre la intención y la acción. Nos proponemos hacer ejercicio, tener más paciencia o dejar algo, y el propósito, por tan sincero que sea, cambia nuestra conducta mucho menos de lo que esperábamos. Gollwitzer descubrió que el fallo no suele ser de motivación. Lo que ocurre es que, cuando llega el momento, no lo reconocemos. A su remedio lo llamó «intención de implementación», un plan que se formula como si se da esta situación, haré aquello. Ata el propósito a una señal, de modo que la propia señal convoca la respuesta. En una revisión de 2006 que reunía noventa y cuatro estudios con más de ocho mil participantes, él y Paschal Sheeran comprobaron que estos planes aumentaban de forma notable la probabilidad de que la gente hiciera de verdad lo que se había propuesto.

La Torá, al parecer, escribió la primera intención de implementación, y la escribió en primera persona, para Dios.

Dios no olvida. Nosotros sí.

Los Sabios tenían un principio para pasajes como este. La Torá habla en el lenguaje de los hombres. Diga lo que diga sobre el Cielo un Dios que se pone un recordatorio, sin duda nos dice algo sobre nosotros, y nos lo enseña con el ejemplo más convincente que cabe. Si hasta el pacto del Creador se ancla en una señal, colocada en el instante mismo en que podría volver la ira antigua, ¡cuánto más lo necesitarán nuestros propios compromisos!

Esta es la distinción que traza el versículo, y nuestra época la ha olvidado casi por completo. Es la diferencia entre el propósito y el recordatorio. El propósito es lo que sentimos a plena luz, después de la tormenta, cuando el arca está abierta y sube el humo de la gratitud. El recordatorio es lo que necesitamos cuando vuelven las nubes. El propósito se hace una vez. El recordatorio hay que ponerlo donde empieza el peligro.

Por eso la señal es un arco. Quien tiene que acordarse es quien empuña el arma. El arcoíris no le recuerda al débil que sea bueno. Le recuerda al fuerte que se contenga. Del perdón solemos decir que implica una especie de olvido, dejar caer la última ofensa del otro para que una relación pueda empezar de nuevo. El arcoíris enseña la otra cara de esa verdad. La fidelidad implica una especie de memoria, aferrarse a la propia promesa en el momento en que más tentados estamos de soltarla.

En cuanto se ve esto, se ve por todas partes en la vida judía. De los flecos en las esquinas del manto, el tzitzit, dice la Torá ureitem otó uzjartem, lo veréis y recordaréis, los mismos dos verbos que usó para el arco en la nube. Dios colgó una señal en el cielo para recordar Su contención, y a nosotros nos dio una señal en la ropa para recordar la nuestra, «para que no os dejéis llevar por vuestro corazón ni por vuestros ojos». La mezuzá en la puerta, justo donde salimos de casa al mundo. La bendición antes de comer, en el momento del apetito. El Shabat, justo cuando el trabajo de la semana seguiría sin más. Cada una es un recordatorio colocado exactamente donde el propósito tiene más probabilidades de fallar.

Y el principio no es solo judío. Un matrimonio vive de sus señales y no únicamente de sus votos, del anillo que se lleva cada día y del aniversario que se celebra. Un padre que ha prometido no gritar necesita saber de antemano cómo se siente el instante previo al grito. Una nación que ha jurado «nunca más» necesita días de conmemoración, porque los propósitos hechos tras una catástrofe se desvanecen más deprisa de lo que creen quienes los hacen. Y la parte más fuerte de cualquier relación, sea el padre, el jefe o el Estado, es la que más necesita el recordatorio, porque es la que sostiene el arco.

El primer pacto de la Torá no se grabó en piedra, sino que se colgó en el cielo, donde aparecería justo cuando hiciera falta. Cada arcoíris desde entonces nos invita a preguntarnos qué promesa hemos hecho, qué arco hemos depuesto y dónde hemos puesto la señal que nos la traerá a la memoria cuando vuelvan las nubes. Las tormentas vendrán, como vienen siempre. Lo que sí podemos elegir es si, cuando se junten, habrá luz en ellas.

El arco en la nube
El video · Ver en YouTube

Comentarios

Aún no hay comentarios. Sé el primero.

Publicar