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Parashá · Bereshit

El primer «no es bueno»

Siete veces nos dice el primer capítulo de la Torá que aquello que Dios hizo era bueno. Buena es la luz. Buenos son la tierra seca y los mares reunidos. Las hierbas y los árboles frutales, las lumbreras del cielo, los seres que pueblan las aguas y el aire, todos reciben uno tras otro el mismo veredicto sencillo. Y cuando se cierra el sexto día y la obra está acabada, el veredicto sube de grado y se vuelve tov meod, muy bueno.

Después la Torá vuelve sobre sus pasos, como hace tantas veces, para contar lo mismo más despacio. Y allí, en el segundo capítulo, aparece una frase que debería detenernos en seco.

«No es bueno que el hombre esté solo.»

Es la primera vez en toda la Torá que de algo se dice que no es bueno. Ni de la oscuridad, ni del abismo, ni siquiera de la serpiente, que aún no ha entrado en escena. El primer defecto que se señala en el mundo es un ser humano a solas.

Merece la pena detenerse en lo extraño del lugar. Al hombre no le falta nada. Tiene un jardín que labrar y que guardar. Tiene los animales y la dignidad de ponerles nombre. Tiene, sobre todo, la compañía de Dios, que le ha insuflado el aliento de vida y que le habla directamente. Si de un ser humano en el Edén, en conversación ininterrumpida con su Creador, cabe decir todavía que está solo, entonces la palabra significa algo distinto de la mera ausencia de compañía.

Fijémonos, además, en quién lo dice. El hombre no se queja. No pide nada. Ni siquiera parece darse cuenta de que le falta algo. Es Dios quien ve la carencia y Dios quien la nombra. Lo que falla aquí es el mundo, no solo un estado de ánimo.

Se plantean así dos preguntas, y los comentaristas se detuvieron en ambas. ¿Qué es exactamente lo que no es bueno en estar solo? ¿Y por qué se describe el remedio con una expresión tan rara, ézer kenegdó, una ayuda frente a él?

Abraham ibn Ezra despacha la primera en apenas cuatro palabras. El sentido de «no es bueno», escribe, es «para el hombre». La creación no es defectuosa. Lo que falta, le falta al hombre. Y nos remite, como acostumbra, a un versículo de Kohelet (Eclesiastés) que dice que más valen dos que uno, porque si caen, el uno levantará al otro, pero ¡ay del que está solo cuando cae, sin nadie que lo levante!

Siete siglos más tarde, Samson Raphael Hirsch no da el asunto por zanjado, y para ello nos hace fijarnos en la gramática. El versículo no dice lo tov la'adam heyotó levadó, «no es bueno para el hombre estar solo», sino lo tov heyot ha'adam levadó, es decir, que no es bueno que el hombre esté solo, sin añadir para quién. ¿Para quién no es bueno, entonces? Para el mundo entero. Mientras el ser humano siga solo, enseña Hirsch, la meta que el mundo había de alcanzar por medio de él no puede alcanzarse en absoluto.

Nahmánides, que escribió entre uno y otro, va aún más lejos, y la suya es la más severa de las tres lecturas. Ya había explicado, a propósito de la reunión de las aguas, que «vio Dios que era bueno» significa que se quiso su permanencia, porque en el vocabulario del primer capítulo ser bueno es durar. Lo cual quiere decir que «no es bueno» no es un juicio estético ni sentimental. Es un pronóstico. Un ser humano solitario, dice Nahmánides sin rodeos, no puede subsistir así.

Tres maestros, separados por siglos, ante cinco palabras hebreas. Uno oye una carencia, otro un mundo sin terminar y otro una advertencia.

Luego está el remedio, y aquí la cosa se vuelve aún más extraña. En ézer kenegdó, ézer es una ayuda y kenegdó quiere decir frente a él, enfrente, cara a cara. Las dos mitades de la expresión tiran en direcciones distintas, y los Sabios percibieron la tensión. Si él lo merece, enseñaron, ella le es ayuda. Si no lo merece, se le opone. Signifique lo que signifique esa enseñanza, al menos nos dice que la relación no queda garantizada por el hecho de existir. La misma persona puede ser ayuda u oposición. Todo depende de lo que se haga con ella.

Isaac Abravanel planteó la pregunta que salta a la vista, y su respuesta es lo más agudo que se ha escrito sobre el versículo. Una ayuda, observa, suele ser alguien semejante a uno. El ayudante del médico es otro médico, y el del sastre, otro sastre. ¿Por qué no hacer, entonces, sencillamente un segundo hombre? Porque no se habría ganado absolutamente nada. Ese también habría necesitado un ayudante. Una copia de uno mismo no alivia de nada, se limita a duplicarlo. Por eso la ayuda ha de ser kenegdó, puesta enfrente, ocupada en lo que uno no ocupa y deseando lo que uno no desea.

Hirsch llega al mismo sitio por otro camino. La palabra no es imó, con él, sino kenegdó. No a su lado, haciendo lo que él hace, sino frente a él, en otro punto de la misma línea. Y el Netziv añade el detalle que lo vuelve humano. La Torá no describe una pareja como la de los animales, presente en el momento del apareamiento y ausente de todo lo demás. Describe una ayuda en todos los caminos de la vida. Y, puesto que no hay dos personas iguales, una ayuda ajustada a esta persona, a este temperamento, a este hombre concreto.

No una copia, sino un contrapeso.

Hoy empezamos a poder medir lo que el versículo afirma. En junio de 2025 la Organización Mundial de la Salud publicó el informe de su Comisión sobre Conexión Social, y las cifras eran para pensárselo. Una de cada seis personas en el mundo sufre soledad. La desconexión social se asocia a unas 871.000 muertes al año, es decir, alrededor de un centenar cada hora. La Comisión propuso que la conexión social se reconociera como un tercer pilar de la salud, junto al físico y al mental.

Buena parte de la evidencia que sostiene esa conclusión procede del trabajo de Julianne Holt-Lunstad, catedrática de psicología y neurociencia en la Universidad Brigham Young, cuyas revisiones de los estudios mostraron que el aislamiento social se asocia a un riesgo notablemente mayor de muerte prematura, que en su análisis de 2015 cifró en torno al veintinueve por ciento.

Dos datos del informe desmontan la versión cómoda del asunto. La soledad no es una dolencia de los acomodados, ya que la Comisión halló las tasas más altas en los países más pobres, no en los más ricos. Y tampoco es principalmente una carga de la vejez, porque los jóvenes dicen sentirla más que sus abuelos. Sea lo que sea esto, no es un efecto secundario del bienestar ni una consecuencia de la edad.

Lo cual nos devuelve a Nahmánides, ocho siglos atrás, leyendo «no es bueno» como una afirmación sobre la permanencia y no sobre el sentimiento. No tenía datos. Tenía una palabra. Y la palabra resultó ser un diagnóstico. Lo tov quiere decir que esto no puede durar.

Pero eso es solo la mitad de lo que dice el versículo, y la segunda mitad es la difícil. Si la Torá hubiese querido decirnos sin más que los seres humanos necesitan compañía, tenía a mano una expresión sencilla, ézer imó, una ayuda con él. No es la que eligió. La palabra es kenegdó, una ayuda que está enfrente.

Ahí está la distinción que más falta nos hace, y podríamos llamarla la diferencia entre compañía y contrapeso. La compañía es presencia sin roce. El contrapeso es una presencia capaz de resistirse.

Disponemos de más compañía que ninguna generación anterior, y la soledad no ha cedido. Cabe preguntarse, con calma, si la clase de compañía que hemos construido es la que el versículo tenía en mente. La pantalla no nos contradice. Las redes no nos decepcionan. El algoritmo, por diseño, nos da la razón. Lo que hemos fabricado, con notable pericia, es ézer imó, una ayuda que nos sigue la corriente. Y luego nos hemos preguntado por qué no cura.

Maimónides vio hasta dónde llega esto. Al abrir sus leyes del carácter escribe que el ser humano, por la manera misma en que fue creado (dérej beriyató shel adam), se deja arrastrar por las opiniones y los actos de quienes lo rodean. Nótese que no está observando, sino legislando. Levanta una ley sobre el hecho de que nos moldea quien tenemos al lado, y saca la conclusión práctica de que hay que buscar la compañía de los sabios. Y nótese lo que permite cuando esa compañía no se encuentra en ninguna parte, que es habitar levadó, solo, la misma palabra que la Torá había llamado no buena. La soledad, en su dictamen, es un último recurso. Nunca es el ideal.

Rashi echa mano de algo por completo distinto. ¿Por qué fue hecha la mujer? Para que no se dijera que hay dos poderes independientes en el universo, Dios solo arriba y el hombre solo abajo. El ser humano solitario no es únicamente un desdichado. Es teológicamente equívoco. Un yo que no necesita a nadie empieza, poco a poco, a parecerse a un dios. Y lo que nos salva de esa blasfemia callada es la experiencia diaria, y humillante, de alguien que no nos da la razón.

Casi todo lo que nos importa descansa sobre esto. Un matrimonio en el que ninguno de los dos puede llevarle la contraria al otro no es aún un matrimonio. Una amistad que no resiste un desacuerdo no pasa de ser una conveniencia. Una comunidad que exige unanimidad es poco más que un rebaño. Y una sociedad que ya no sabe oír una opinión contraria sin tomarla por una declaración de guerra tiene compañía de sobra y ningún contrapeso.

La Torá nos enseña con qué rapidez puede torcerse todo esto. Un capítulo después de recibir a la mujer, el hombre está de pie ante Dios y habla de «la mujer que me diste imadí», es decir, conmigo. La Torá había dicho kenegdó, frente a él. Él dice imadí, conmigo, y en la misma frase la convierte en la culpable. Aquella que debía estar enfrente, cuando solo la toleramos a condición de que nos dé la razón, acaba convertida en acusada.

Siete veces llama bueno el primer capítulo al mundo, y la séptima, muy bueno. Y espera, antes de decirlo, a que el hombre ya no esté solo. Esa bondad nunca se nos entregó acabada. Se completa, o se retiene, en el espacio que hay entre una persona y otra. Y cada vez que dejamos que alguien se ponga enfrente y nos diga lo que preferiríamos no oír, entra un poco más de ella en un mundo que todavía está esperando recibirla entera.

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